La dignidad propia del hombre es un valor que debería de poder reconocerse fácilmente. Deberíamos de poder descubrirlo en nosotros o poder verlo en los demás. No es algo que podamos dar ni tampoco está en nuestra mano el poder retirarselo a alguien. Es algo que nos viene dado, que se escapa a nuestra voluntad y que habría que reconocerlo y aceptarlo como un valor supremo (actitud de respeto).
Con lo cual la dignidad humana debería de ser una llamada al respeto incondicionado y absoluto. Un respeto que debería de extenderse a todos los que en teoría tendrían que poseerlo, es decir, a todos los seres humanos. Y entonces, ¿por qué hemos perdido este valor supremo si en teoría todos deberíamos tenerlo?
Porque en los últimos siglos hemos hecho mucho para lograr nuestros propios propósitos, pero si lo pensamos bien gran parte de estos propósitos no han sido realmente nuestros como seres humanos emocionales sino del “empresario”, del “abogado”, del médico”, etc., es decir del rol que hemos desempeñado para ser aceptados por la sociedad.
Porque hemos provocado que la actividad económica, el éxito y las ganancias materiales se hayan vuelto fines en sí mismos y no un medio para lograr la felicidad o el bienestar.
Porque nuestras relaciones han perdido el carácter directo y humano, convirtiéndose en relaciones instrumentalizadas y manipuladas porque las normas no las dictamos nosotros sino los mercados.
Y por último, el hombre ha perdido la dignidad porque no solamente vende productos y mercancías, sino que también se vende a sí mismo, considerándose de esa manera como mercancía.
De esa manera hemos llegado al momento actual en el cual la gente necesita tener más posesiones porque se siente cada vez menos alguien.
Hay que cambiar y hacerlo ya. Replantearse la vida y cambiar de dirección. Vivir de acuerdo con principios universales que nos marquen el norte y no con valores sociales namipulados e instrumentalizados. Sólo así lograremos recuperar ese valor supremo tan importante para vivir llamado dignidad humana.


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