Así se puede leer en esta entrevista de la revista Desnivel a Lizzy Hawker, galardonada por la IAU como mejor atleta del año 2011: “mientras pueda llegar a la gente a través de las carreras, de inspirarles, aunque sea de un modo nimio, entonces competir tendrá un significado muy profundo. Este es mi sueño y creo que es un logro mayor que ganar cualquier carrera en la que compita”.
Así definiría yo a Leon Logothetis, un tipo que trabajaba como broker en New York y que un buen día se cansó de la vida que llevaba y decidió empezar una nueva. Dejó su trabajo, se compró un par de zapatillas y se puso a atravesar Estados Unidos de costa a costa. Hasta aquí nada de extraordinario, quizás poco convencional, pero nada más. Pero cuando uno descubre que lo hizo gastando sólo 5 dólares al día y que para el resto de los gastos se ponía en manos de la generosidad y la caridad de la gente, pues ya empieza a pensar que es un tipo especial.
No es un tema nuevo, aunque puede que ahora esté un poco más de actualidad por las memorias de Arantxa Sánchez Vicario, que los padres, sea para bien o para mal, sean las personas más influyentes en los inicios de las vidas de los deportistas de élite y en muchos casos incluso a lo largo de sus carreras. El deportista adolescente necesita modelos tangibles. Su autoestima depende de la estima de los padres, y cuando ese ideal se desmorona, el deportista se puede hacer mucho daño a sí mismo inconscientemente.
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